EVANGELINE EL DESPERTAR

Fue dicho en un pasado que los sueños son el reflejo de nuestras vidas pasadas …

Una ventana hacia el futuro, que te ayudan a superar las pruebas que se avecinan; o simplemente; hacerte espectador de tu propia vida…

¿Qué harías si tu destino, dependiera de esos recuerdos, vueltos sueños? ¿Qué, si te revelaran que tus camino no podrán ser aquellos que tenias planeado?

Enseñándote que el futuro; es más incierto de lo que pensabas, y que deberás sobrevivir. Si quieres llegar… ¿Piensas que el mundo es simple? Yo lo hacía, yo si… lo hacía...


Parte VII Caza



Shalm
Zacarias
Observó algo distraído cómo los invitados iban congregándose más y más a cada momento, mientras la música subía de volumen a cada minuto.

«¿Quién se encargaba de los sonidos?», se preguntó por un momento para después encogerse de hombros descartándolo. No era como si tuviera vecinos a quien molestar, pensó. Su residencia tenía metros  y metros cuadrados.

Vio a un par de compañeros bailando de forma sinuosa uno cerca del otro como si estuvieran pegados. Sonrió mentalmente. Era por eso que algunos padres habían prohibido a alguno de sus hijos asistir a las fiestas que realizaba.

Él nunca ponía más reglas que las que se hicieran responsables de sus acciones. Y el que no las cumplía, pues digamos que no le gustarían las consecuencias. Se dio vuelta para decirle algo a Emma y recordó que ella se había ido tras Eva. Frunció el ceño y miró su reloj; habían pasado veinte minutos.

«¿Qué?», se dijo enarcando una ceja ante el tiempo que había transcurrido «¿Dónde se habían metido esas dos? En especial Eva...»—se dijo algo preocupado.

El motivo de su preocupación era que Elizabeth, la madre Eva —que aunque era la persona más encantadora que hubiera conocido— lo mataría si perdía de vista a Eva en una de sus fiestas, ya que no todos sus invitados se llevaban precisamente bien con ella. Eso le había parecido extraño, incluso desde el comienzo.

No entendía el porqué de esa hostilidad hacia ella. A él le caía bien —aunque a veces quería ahorcarla...—. Hmmm..., entonces ¿se llevaban bien...?, se preguntó, reflexionando sobre ello.

Bueno, no la odiaba o sentía algo extraño acerca de ella, como los demás. Cosa que todos parecían pensar a excepción de Emma,  a quien conoció por intermedio de Eva, una cosa rara desde su punto de vista.

Aunque debía admitir que esos rumores fueron los que lo llevo a acercarse a las dos amigas. Primero empezó a seguir a Evangeline «la emo o la rara» —así la llamaban porque no solía hablar con nadie y vestía todo de negro como si siempre estuviera de luto—, y luego a Emma, quien era todo un contraste en comparación a Eva, ya que ella vestía normal y elegante como las demás.

Las dos eran como el agua y el aceite. Eva por supuesto era el aceite y Emma el agua, sencillamente suave. Y sin darse cuenta se encontró frecuentándolas en los descansos y luego fuera del instituto. 

Se halló completamente apegado y arrastrado por ellas. Eran divertidas a su manera —no excéntricas como le habían dicho—, eran algo metódicas en los estudios y se pasaban largos ratos en la biblioteca para repasar tareas que Eva no entendía de matemáticas, no era que Eva estaba introduciendo a Emma en el ocultismo o algo raro como eso.

Todos los rumores eran infundados, incluso al que a él más le llamó la atención. Se sacudió mentalmente saliendo de ese hilo de pensamiento y recorrió el lugar mientras caminaba por los pasillos y no las encontraba, se pasó la mano por el pelo y suspiró algo irritado por no hallarlas.

«¿A dónde se habían metido?», se preguntó no por primera vez y sintió que alguien le agarraba del brazo y bajó la vista hacia la mano que lo retenía.

—Hola, Zac... ¿Quieres bailar? —le preguntó una chica de pelo castaño y ojos marrones muy guapa.
—¿Y tú eres...? —le preguntó Zac enarcando una ceja hacia ella.
—Soy Ann... —le dijo con una sonrisa dulce en el rostro y se acercaba más a él—, y que me dices, ¿bailaras conmigo?
«¿En verdad creía que eso funcionaria en él?», se preguntó Zac reprimiendo soltar un suspiro. Había tenido que quitarse de encima a chicas como ella toda la noche. Él no caería en esas cosas. Las chicas como ella —y estaba seguro que era como una de ellas porque la había visto anteriormente con su amigo Marc—, sólo lo buscaban para ganar popularidad por estar con él. Y no estaba interesado en servir de escalera a nadie.
Pero tampoco era su costumbre ser grosero, a menos que lo empujaran mucho, con los que lo rodeaban. Así que le dedicó su mejor sonrisa y le dijo:
—Lo siento Ann, me encantaría, pero ya tengo pareja para esta noche. Y no me gustaría que se enfadara conmigo… como comprenderás. ¿Tal vez en otra ocasión? —le preguntó, pero pensó «o nunca».
—Qué lástima... —le dijo poniendo un deje de tristeza en su rostro.
—Bueno, me tengo que ir a buscarla... —le informó sin darle más largas o estaría detrás de él otra vez cuando avanzara la noche, por lo que soltándose de su mano tranquilamente, se alejó de ella.

«¡El patio!», le vino la palabra a la mente unos instantes después y se encaminó hacia allí, preguntándose como no se le había ocurrido antes.

Cuando llegó a la puerta que conectaba al jardín trasero y tomó la perilla para girarla y abrirla, sintió como algo extraño le recorrió el cuerpo. Y se quedó congelado por un instante ante la sensación que se apoderó de él. Sacudió su cabeza para quitarse el repentino aturdimiento y la abrió sin prestarle la más mínima atención a lo que sus instintos le decían. Si se había sentido congelado antes, la escena que vio lo dejó petrificado.

Eva estaba inconsciente, en brazos de un hombre que parecía salido de uno de los personajes guerreros o pandilleros de un dibujo anime y al lado de él había otro raro, mientras Emma estaba sentada en el suelo aturdida mirando a los tres desconocidos, porque también había un niño con ellos que tendría alrededor de ocho años —calculó— con un gato en la cabeza, que les estaba diciendo algo mientras reía.

«¿Por qué lleva a un gato en...? Qué demonios», exclamó mentalmente mientras desechaba la primera idea y corría hacia ellos y preguntaba medio gritando con obvio disgusto:

—Emma,  ¿qué le ocurrió a Eva y quiénes son estos? Yo no los invite... ¿Por qué estás en el suelo?



Emma

—Emma,  ¿qué le ocurrió a Eva y quiénes son estos? Yo no los invite... ¿Por qué estás en el suelo? —escuchó a alguien gritar a su derecha

«¡Zac! Es Zac —se dijo, aliviada de que alguien aparte de ella estuviera frente a los desconocidos—. ¡Dios¡», exclamó dentro de su mente y estuvo  tan contenta que casi se levanta por completo, pero sus piernas le fallaron y se volvió a quedar en el suelo. Los dos hombres y el pequeño voltearon sus cabezas hacia la nueva persona que se acercaba hacia ellos con el ceño fruncido y sin temor alguno reflejado en sus movimientos o rostro.

El hombre grande de ojos tan negros como pozos sin fondo colocó su mirada fija y llena de promesas de tormenta en Zacarías, quien parecía no percatarse de cómo lo estaba mirando, o deliberadamente, lo ignoraba mientras se acercaba a ella, no estaba segura.

Tenía miedo por Zac, pero interiormente estaba muy agradecida de que no se estuviera alejando. Percibió un ligero movimiento por el rabillo del ojo. Era el niño y parecía sostenerse el estomago por algo, se encontraba tan aturdida que sólo después de unos segundos comenzó a darse cuenta del estridente sonido que provenía del mocoso.  Se estaba riendo.

Definitivamente, el crío se estaba riendo de algo, aunque ninguno a parte de él, parecía entender qué encontraba gracioso. Eso molestó a Emma, en más de un sentido, y apretó los labios mientras dirigía su mirada del niño al hombre que sostenía a su amiga.

El niño paró inmediatamente de reír y se colocó firme, mirando de ella a Eva, como si de pronto estuviera pasando algo que llamara su atención. El pequeño se quedó quieto como si fuera una estatua. Y Emma sintió como su corazón empezó a latir rápidamente para luego saltarse un latido cuando el pequeño formó una pequeña sonrisa sarcástica en el rostro.

—Es cierto, perdóneme. Estoy siendo verdaderamente insensible... —expresó formalmente hacia Emma quien ahora tenía a Zacarías a su lado.

Emma miró confusa y perdida por un instante el cambió de actitud antes de que Zac la ayudara levantarse para llevarla a sentarse en la banca que estaba a unos cuatro pasos de ella. Una vez estuvo sentada, Zacarías trató de moverse  hacia Eva, pero un gruñido, proveniente del hombre que sostenía a su amiga, lo detuvo en seco en el intento.

—Zac... —le dijo Emma con la voz en un hilo y lo retuvo de la mano—, no te acerques a ellos...
—Pero... —comenzó a decir Zac, pero fue interrumpido.
­—No sé que le paso... a Eva, pero ellos no le hicieron nada. Ella convulsionó y cayó al suelo justo cuando salí por la puerta, frente a mis ojos. No puede ayudarla —explicó mientras las lágrimas caían de sus ojos—. No supe qué hacer y... bueno, cuando ellos aparecieron prácticamente de la nada, Eva pareció calmarse... —continuó secándose los ojos con las manos intentando calmarse—. No le hicieron nada... a ella o a mí. Y no sé qué está pasando...
Zac se acercó y se sentó junto a ella y la abrazó.
­—Tranquilízate, Emma... —la reconfortó antes de dirigir su mirada a los otros presentes.
—Bien... ¿podrían explicarme qué demonios hacen en mi casa? ¿Y por qué no me dejan acercarme a Eva?


Nara

—No te debemos nada a ti o la muchacha —le aclaró Nara, ya enfadado con el humano llamado Zac.

No le gustaba tener que explicar el hecho de por qué tenía el derecho de tener a la joven en sus brazos. Era su Leiann, suya y de su pueblo. Los humanos no tenían por qué saber nada. Mejor que siguieran ignorantes de lo que realmente era el mundo real. ¿Porque estos dos  no eran como los otros y se alejaban para que ellos pudieran llevarse a su reina? No lo sabía, pero le molestaba.

Ah, pero claro, esto no era ni la punta de sus preocupaciones, porque no sólo eran estos molestos humanos los verdaderos problemas, sino que también ese maldito Kairos lo era.

«¿Cómo que no les entregaría a la reina? ¿Qué era lo que estaba tramando? Ese maldito», pensó enfurecido nuevamente. Si no tuviera a la reina en sus manos —se dijo—,  estaría golpeando al Kairos por más que tuviera la apariencia de un niño.

«¿Qué se pensaba? No le arrebataría a Leiann de sus brazos», gritó dentro de su mente mientras una niebla negra se establecía dentro de su cabeza.

—Nara, cálmate... —le ordenó Iommi sin tocarlo—. Tranquilízate, éste no es momento para perder el control, Nara. Tienes a  Leiann en tus brazos —le apremió minutos después­—. Contrólate...

Nara respiró varias veces antes de recuperar el control. El nivel de energía que le había transmitido Leiann le estaba siendo difícil el controlarse. Iommi se acercó a él cuando lo sintió relajarse colocando una mano en su hombro y repentinamente una corriente de poder se transmitió a través de él a Iommi. Y fue entonces cuando ambos oyeron el pequeño suspiro que provocó eso a la joven muchacha en los brazos del guerrero, pero que aun así permanecía inconsciente.

—Bueno, bueno... —dijo el Kairos, que miraba la escena con una expresión extraña en el rostro para luego echar un vistazo a los otros dos jóvenes sentados en la banca que también observaron lo que pasó cuando ambos guerreros tocaron a la que ellos conocían como Eva—. Hijo... —dijo sosteniendo la mirada del humano llamado Zac—, será mejor que des por terminada tu gran fiesta. Ésta será una larga noche y estos dos —le comentó señalando a Eva y a los otros dos hombres—, no te dejaran a ti o a tu amiga alejarlos de ella. Sera mejor que desalojes tu casa para hablar o...

—De acuerdo...  —le respondió Zac abruptamente sin siquiera pensarlo dos veces y fue a correr a todo el mundo de su casa.


Ceilenn
Iole

Iole se trasladó tan rápido como la actual forma de su cuerpo espiritual le permitía. En ese estado ella podría ir de un lugar a otro con sólo un pensamiento. Todo su cuerpo estaba hecho de energía pura que radiaba el fuego azul de su propia naturaleza.

En esa forma podría fácilmente quemar o congelar a cualquier ser viviente si lo deseara. Y era por eso que había dejado a Nhyx para cuidar de la puerta de su habitación para que nadie la viera ni cuando salía o entraba.

Nadie debía saber que ella poseía semejante poder o suscitaría a preguntas que no tendría como contestar sin delatarse a sí misma. Observó imperturbable lo que quedó de la aldea en la región de Rinne.
Que ya eran sólo tristes vestigios de lo que fue hacía sólo unas semanas atrás. Nada quedó en pie. Y lo único que cubría la superficie del poblado de Rinne era la presencia de la muerte. Ese sacrificio fue necesario, desde su punto de vista, así que no hubo remordimiento dentro de ella mientras captaba vislumbres de las pocas cosas que quedaban en pie.

«En  pocas semanas —se dijo analizando fríamente todo a su alrededor—, nada quedará en este suelo. Ni siquiera una pequeña pieza o prueba de lo que realmente incitó esta lamentable escena. Después de todo, hasta el más mínimo rastro será devorado por los Goilam». 

Sonrió satisfecha de su trabajo mientras se desplazaba flotando por encima de las bestias que se alimentaban en la superficie de la tierra. Las criaturas a sus pies, los Goilam —seres voraces y sin mente, quienes tuvieron su origen del vacío que quedó  después de la creación de Ceilenn—, sólo poseían un objetivo; engullir todo lo que se cruzara en su camino.

Eran sencillamente ideales para utilizarlos como armas. «Claro que —pensó con cierto deleite—, sólo ella tenía el poder de realizar tal hazaña».

Todos, a excepción de Arthram y unos pocos, creían que en este mundo sólo existía una diosa que gobernaba todo, pero la realidad era que en todos los mundos —Ceilenn incluido— existían dos dioses. No sólo uno.

Uno representaba la feminidad, el otro la masculinidad. La primera, nuestra madre Caos, y el segundo, nuestro padre el Vacío, quien fue el primero en nacer. Sólo que él, a diferencia de su otra mitad, no se responsabilizó por sus creaciones.

Los hizo y luego los abandonó a su suerte, como objetos sin valor, y mientras que las pequeñas creaciones de la madre nacían y se desarrollaban felices, ellos sufrían porque estaban incompletos y sin propósito, así que ella transmitiría el odio de sus hermanos hacia estas brillantes criaturas.

Y al igual que los seres debajo de ella, devoraría todo a su paso, pero lentamente,  hasta que nada quedase en pie.

Nada.

Despejándose de sus cavilaciones, se fijó nuevamente en las criaturas a su alrededor, que seguían consumiendo imparablemente.

Eran existencias simples, sin motivaciones, ni siquiera se molestaban en que alguien pudiera verlos, reflexionó como lo había hecho la primera vez que tuvo contacto con los Goilam.
Miedo. Dolor. Tristeza. Alegría. Amor. Nada. No concebían dentro de ellos absolutamente nada que no fuera comer. Al igual que ella cuando vio la luz por primera vez, repasó instantes después. 
Aunque ella —se dijo recordando aquel lejano día—, sí que había sentido algo cuando despertó además del hambre.

Y eso fue odio, uno que segó cualquier otra cosa o pensamiento dentro de sí misma. Todo lo que existe debe desaparecer hasta consumirse y quedar en lo que Ceilenn era antes de Leiann; nada.

Ya había jugado suficiente a ser reina. Iole suspiró por un instante, por lo que estaba a punto de hacer. Aunque los Goilam eran increíbles para la tarea que tenía en mente, su plan tenía un punto débil. Estos no poseían ninguna inteligencia.

No importaba que ella fuera capaz de dirigir esa voraz hambre a algo específico y restringirles de pensar en devorar todo, esa era la parte fácil.

La parte difícil sería colocar en ellos la capacidad de razonar. Y era por eso que les había ordenado devorar todo lo que tenían a su paso. Los Goilam eran realmente desechables e inútiles si su objetivo no estaba a un alcance inmediato. Fue por eso que les ordenó comer sin detenerse, así podrían crecer y pasar al siguiente nivel de su desarrollo hasta convertirse en Homar´s.

Los Homar’s  eran las criaturas que deseaba y  servirían. Y según lo que podía apreciar, había cuatro de ellos justo a su derecha.

Sonrió con agrado al ver que estos sí se habían percatado de su presencia y poseían la forma de bestias de cuatro patas y gruñían hacia ella llamando su atención.

«Excelente», pensó y empezó a acercarse a los Homar’s. En ese estado, ella también podía controlar a todas las criaturas que habían nacido del vacío al igual que ella, y aunque no podía hablar con palabras, eso realmente no era necesario. Ella conocía el lenguaje del principio. Una lengua que no contenía palabras, pero sí sonidos.

El sonido de la vida y la muerte. Y luego sólo debía tocarlos y transmitirles su deseo insertándolo profundamente dentro de ellos.

Y así el objetivo elegido para ellos estaría dentro de sus mentes, a la presa de tales criaturas, sólo les esperaba un destino; la muerte.

Pero así también sus ordenes debían ser especificas, después de todo, esos no podían cruzar hacia el Shalm para ir en busca de lo que deseaban, o los Kairos —guardianes— los eliminarían en un abrir y cerrar de ojos.
Pero claro, las leyes no decían nada de cazar en los corredores del cruce de mundos. La nueva Leiann colocaba un solo pie en esos corredores y caerá victima de las garras de los Homar´s.

«Yumi, Yumi... vayan por su comida niños», pensó mientras se despegaba de las bestias y regresaba a su cuerpo en el Kolter.


Shalm
Evangeline
«Hace frío aquí, mucho frío», pensó mientras se movía a través del campo de rosas con los pies descalzos. «¿Dónde había dejado sus zapatos?», se preguntó mientras observaba alrededor como si de un momento a otro fueran a aparecer frente a ella.

Luego se detuvo de pronto, aturdida como si estuviera olvidándose de algo y ese algo le estuviera rondando la mente.

Frunció el ceño y prosiguió su camino aun tratando de recordar lo que había olvidado. «¿Qué es? ¿Qué es?», se cuestionó repetidamente antes de observar como el brillante cielo se obscurecía de pronto.
Cuando la luna, se asoma al cielo
Ella saluda a Leiann...
«¿Qué?», exclamó mientras era arrastrada por la mágica y dulce voz.
Cuando la luna aleja, la oscuridad, de la noche
Ella protege a Leiann...
La voz la llamaba y tenía que ir, sonrió y comenzó a escuchar la hermosa melodía que era sólo para ella y se encontró siendo arrastrada en su busca.
Mientras, sus mágicos rayos, bañan la tierra…
Ella fortalece a Leiann...
«No te acerques a ella. Aléjate...», la apremió una voz que le era desconocida. Miró a su alrededor y sólo se vio rodeada de miles y hermosas rosas negras que sólo minutos antes eran de un brillante rojo sangre. «No la escuches, pequeña... sólo ve en al lado opuesto».

«No puedo, Señor. Me llama y debo ir...», le replicó Eva impaciente porque la hubieran retenido.

«No. Vete para el otro lado...», le ordenó la voz masculina, en un tono que por un momento que le resulto familiar. «Aun no es tiempo de reunirte con ella. Es peligroso, haz como te digo niña».
Quería decirle algo más, pero ella seguía llamándola.
«No vayas, aun no es tiempo...»
Y si la luna se vuelve roja
Ella busca a Leiann…

«No puedo... debo ir... lo siento...», le dijo vagamente, perdida dentro del hechizo de aquella voz que la llamaba.
¿Dónde estás?
Mi Leiann…

Y cuando la última nota terminó, ella se encontró corriendo en dirección de donde había oído que provenía la voz. Cuanto más avanzaba, sentía una pequeña agitación en el aire. Cuando avanzó unos metros, pareció que distinguía la figura de una mujer envuelta en un vestido del color de la noche. Que al parecer se dio cuenta que se ella se acercaba y levantó sus ojos hacia los suyos y Eva quedó petrificada al observar aquel rostro tan peculiar y aun así familiar para ella. La mujer, cuyos ojos de plata parecido al mercurio, formó una dulce sonrisa en el rostro al verla, la cual la inquietó e incomodó un poco.

Pareció que empezaría a decirle algo, pero las pequeñas y finas ramas de los rosales la envolvieron, deteniendo su avance, y cerraron su camino hacia donde estaba la mujer, quien ahora parecía enfadada por algo.

«¿Hmmm?», fue lo único que logró formular sobre la situación en la que se encontraba mientras veía que la figura de la mujer desaparecía y todo lo que quedaba frente a ella era un gran precipicio.

«Te dije que no fueras a ella. Nunca escuchas», escuchó que le dijo la voz en un suspiro antes de que algo parecido a una descarga la golpeara y ella se desvaneciera en el sueño.

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6 comentarios:

  1. Guau, ya quiero saber que pasará cuando Eva despierte y que harán con ella.

    Un beso y escribe pronto ^^

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  2. Me voy directo al siguiente capítulo ;)
    Qué emoción!!

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  3. Me hice una imagen de los Goilam y Homar's y me parecen fascinantes. La historia de Ceilenn da para mucho, es muy inteligente. Te felicito. Kairos sigue teniendo el control, ja.
    Saludos.

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  4. Oh, que emoción. Estoy muy contenta que te fascinen las criaturas de Ceilenn, ya conoceremos más de ese mundo más adelante. Sip, el kairos nunca pierde el control, son los amos entre los cruces¡¡¡ *o*

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